Zachary Shames, un universitario de 21 años, fue condenado en 2017 a 10 años de cárcel por desarrollar un keylogger, que luego comercializó para que los compradores pudieran robar información como contraseñas bancarias. El software llegó a más de 3 mil personas, que llegaron a infectar más de 16000 computadores. El precio se este software variaba entre 25 y 40 dólares.
El error que Shames cometió fue que al registrar el dominio del sitio web, lo hizo con su nombre, dirección y correo electrónico reales. Por tanto, el FBI pudo dar con él con facilidad.
Otro caso es el de Imrad Uddin, de 25 años, que fue condenado a 4 meses de prisión tras usar un keylogger en su escuela para robar la información de otros alumnos, así como los exámenes de los profesores.
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